5 de mayo de 2014

CRÍTICA | POMPEII (2014)

Kit Harington en Pompeii
“Déjenlos quemarse, déjenlos quemarse”. Frases como esa surcaron mi cabeza durante el espectáculo que ofrece “Pompeii”, lo nuevo de Paul W. S. Anderson. Luzcas los personajes que luzcas, ese no es el tipo de sentimiento esperable en un drama/catástrofe, que es como este film de proporciones épicas pretende identificarse. Lo sorprendente sin embargo, fue percatarme de que mis deseos destructivos acabarían siendo cumplidos de alguna forma, y una vez que los créditos empezaron a descender, no me sentí mejor. Todo lo contrario realmente.

Buscando el drama, o que al menos que la tomen en serio, este es un imaginativo retrato sobre la trágica suerte de la ciudad romana, Pompeya. El juego es digno de James Cameron y su alteración de “Titanic”; la calidad por el otro lado, no lo es. De verdad, “Pompeii” intenta ser tres películas diferentes. Barajando la destrucción desde su solo afiche, el drama y el romance se abren paso junto a Milo (Kit Harington), un gladiador y el último miembro de una antigua tribu. Aparentemente, Milo es un luchador sin igual por lo que es transportado a la ciudad de Pompeya donde competirá en las ligas mayores.

De camino a esa majestuosa ciudad del título, Milo consigue enamorar a Cassia (Emily Browning), hija del gobernante de Pompeya, y lo consigue en cuestión de segundos prácticamente. El solo ver al gladiador sacrificar a un caballo herido consigue hacer que Cassia se fije solo en él, un hombre único entre todos los pretendientes a pedir su mano. Está claro, todos ellos tuvieron que ser las personas más desagradables para ver a Cassia enamorarse de Milo en escasos instantes. Pero aun así, ninguno es tan malvado como Corvus (Kiefer Sutherland), un senador romano que no solo tiene planes para quedarse con Pompeya y Cassia, sino que también es responsable de la muerte de la tribu a la que pertenecía nuestro protagonista. Conveniente, o mejor dicho ideal, para crear un romance básico, una historia de venganza y concretar un par de batallas de coliseo. Casi lo olvido, pero en cierto momento un volcán también entre en erupción, por si resulta relevante…

Las comparaciones o “referencias” a la hora de filmar fueron la mencionada “Titanic” y “Gladiador”. Por supuesto, estas resultaron comparaciones con demasiada clase al toparnos con Paul W.S. Anderson detrás de la cámara, el mismo director que introdujo barcos voladores en “Los Tres Mosqueteros”. Dicho eso, desearía que este film en cuestión fuera una secuela a aquella adaptación de la obra de Alexandre Dumas. Aquel extraño proyecto, con algo de potencial a mi ver, tenía claros sus límites y pretensiones, y frente a la tontería, al menos parecía abrazarla. Desde sus créditos iniciales y particularmente en la forma en que decide culminar, “Pompeii” cree guardar una de las historias más impactantes y poderosas vistas en cine. A la vista está que no es así, al percatarnos de que tanto su introducción como cierre se encarga de mentirnos. Ambos rellenan los 100 minutos en el medio con un relato de acción básico, cine catástrofe apurado y el romance más ágil posible; y todo con una cara seria.

Kiefer Sutherland en Pompeii

Diré algo a favor de Anderson. En algún momento debió creer que tenía un guion importante entre sus manos, ya que el director de la saga de “Resident Evil” controlo sus impulsos y consiguió abstenerse de su más preciado recurso, el slow-motion. ¿Por qué es relevante? Bueno, lo ha usado durante los últimos cuatro años, y negarse a incluirlo es una señal de que realmente dirigió “Pompeii” con expectativas más altas que las de una tonta cinta de lava y multitudes gritando por su vida. Entonces, con algo de seriedad sobre el proyecto, ¿cómo es que el film sufre de secuencias cómicas sin intención y personajes desarrollados únicamente hasta sus nombres?

Si bien acabare llegando a su gigantesca dosis de explosiones tarde o temprano, exactamente como lo hace el film, los personajes por los que deberíamos preocuparnos en esta situación son simplemente nefastos. Tocando el punto más alto y el más bajo, supongo que debería darle algo de crédito a Adewale Akinnuoye-Agbaje quien interpreta a otro gladiador, Atticus. Siendo el compañero de Milo, su papel recibe un par de golpes nada merecidos al ser la única persona en toda esa ciudad que te gustaría ver sobrevivir. Ahora, el polo opuesto se encuentra en Corvus y la vergonzosa actuación de Kiefer Sutherland. Se supone que es el villano y odiarlo es el sentimiento correcto, pero uno prefiere verlo arder solo para que desaparezca de la pantalla. Donde Eva Green consiguió algo de respeto para “300: El Nacimiento de un Imperio” con su exagerada maldad, Sutherland no hace más que hundir a “Pompeii” con un personaje similar. Exagerado es correcto, ya que cada una de sus líneas es acompañada con una cómica mueca en su cara o el material suficiente como para intentar explicarle a alguien que Sutherland es un pésimo actor. Solo oírlo decir “Él no se atrevería” con una sonrisa engreída frente a la cámara vale el precio de una entrada.

Sobre la destrucción que la película vende, no hay mucho que decir, solo que algunos ambientes digitales son cubiertos con escombros. Sumemos un tsunami, lava y personas corriendo mientras arden en llamas, y una vez más las sonrisas están a la orden del día, a medida que Harington y Browning corren de un lado a otro. Ambos intentan hacer algo, pero con todas sus cartas en la mesa ya no queda nadie que pueda salvar esta catástrofe. Entre las cenizas, Browning le pregunta a su interés romántico como los Dioses pudieron permitir algo así, y su co-protagonista no solo aguarda con una mirada enigmática, sino que parece haber olvidado la siguiente línea. No lo culpo, yo también me quedaría callado intentado reflexionar sobre qué es lo que estoy haciendo, debido a que nadie, adelante o detrás de la cámara, tiene una respuesta. Es una lastima, porque Harington claramente se esfuerza.

Admitiré que una batalla de coliseo es lo suficientemente entretenida como para calificar de oasis en el horror, y mientras descubro que puedo disfrutar de algo sin burlas, también me percato de que me he entretenido por nada menos que 40 minutos. Lo que sigue no hace más que subir el nivel de ridiculez, solo para culminar con un final absolutamente estúpido y aparentemente muy dramático. Pueden imaginarlo si quieren, sinceramente prefiero distraerme con el hecho de que, y nunca creí que diría algo así, la próxima “Resident Evil” llegara a los cines el próximo año. Qué alivio…

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