12 de mayo de 2014

CRÍTICA | PASIÓN INOCENTE (2014)

Guy Pearce en Pasión Inocente
Admirando su promesa riesgosa, uno esperaría que este drama familiar explotara o afrontara sus consecuencias de frente, sin embargo, no es el caso de “Pasión Inocente”. De esta forma, no podría culpar a nadie de perder interés en un concepto que solo puede tomar una sola dirección, y que decide enfrentarse a la misma demasiado tarde en el juego. Es ahí donde la paciencia es recompensada con unos pocos segundos, que si bien son memorables, no hacen de ésta una historia demasiado reveladora. Aunque, para aquellos amantes de la paciencia y el detalle, ésta es una melódica bomba de tiempo.

Como estudiante de intercambio, Sophie (Felicity Jones) llega al feliz hogar de los Reynolds para perfeccionar su talento detrás del piano. Su profesor, Keith Reynolds (Guy Pearce) un músico experto sobre el piano y el chelo, acoge a la joven junto a su amable esposa (Amy Ryan) y su atlética hija (Mackenzie Davis). Viviendo el día a día, la amabilidad y talento de esta familia empieza a cambiar con la llegada de Sophie, donde su sola presencia descubre la desconocida inestabilidad. La inestabilidad de un núcleo familiar envidiable.

“Breathe In” no solo se centra en el drama familiar, este es un film de melodías donde el ambiente es tan importante que la música de los artistas en escena es muy particular. Sean notas que simbolicen responsabilidad o arduo trabajo, el intercambio de notas entre Pearce y Jones es un asunto de tensión. La monotonía de una vida en familia con pocos conflictos dispara el interés de Keith como músico, con ansias de experimentar la vida que alguna vez supo vivir, pero que termino demasiado rápido. Sin importar la solución que busque ante dicho conflicto, su sola juventud parece haber desaparecido, junto con su creatividad y posible entusiasmo.

Keith es, o le gustaría ser, el artista. Aun se aferra al pasado que decidió dejar, y donde su reacción solo proviene del simple argumento que es introducido, cualquiera podría afrontar la sensación de haber perdido el tiempo. Guy Pearce le entrega suficiente poder a este personaje visto incontables veces, haciéndolo el absoluto protagonista de una pieza que eleva su nivel gracias a su trabajo. Sean sus miedosas miradas a la cámara ante a la tentación, o la presión en su rostro cada vez que debe tocar en público, su actuación es esencial. Este tipo de acontecimiento introduce un trabajo donde no tenemos a lo que aferrarnos, a medida que esperamos a que cualquier acontecimiento falle y desmorone al resto.

Escrita y dirigida por Drake Doremus, el cineasta responsable por “Like Crazy” enfoca su atención en sus dos protagonistas, como es debido. Es admirable saber que un concepto predecible es rellenado con la importancia de los involucrados, y no la necesidad por verlos dar un paso en falso. Lógicamente, una decisión de este tipo no es algo ligero y Doremus no la afronta de esa manera, aumentando la genuina naturaleza de sus direcciones al sonido de notas algo perturbadoras.

El efecto de su memorable y devastador cuadro final le otorga a “Pasión Inocente” una tétrica tranquilidad, donde las consecuencias no residen en el alboroto sino en la calamidad de su quiebre. Quiebre latente en todos los involucrados, impulsado por un tercero, y posiblemente ocasionado por el deseo de volver a tocar las épocas de inspiración que pudieron conducir a algo más. Quién sabe si las mismas hubieran transformado esos sueños en algo lo suficientemente valioso como para descartar lo vivido. Pero la tentación aún vive en nosotros, y es poderosa. Se presente como se presente.

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