17 de abril de 2014

CRÍTICA | OLDBOY: DÍAS DE VENGANZA (2013)

Josh Brolin en Oldboy
“Oldboy” de Chan Wook Park, es indudablemente un clásico. De culto o no, ha ganado un estatus descomunal dentro del cine coreano, y realmente consigue llevar al límite la pregunta, ¿Para qué hacer un remake? Es una cuestión bastante corriente estos días, y seguro la respuesta ha sido repetida incontables veces, al considerar que el público Norteamericano (Donde se crean estas cintas mayormente) no está acostumbrado a leer subtítulos. Eso, o saber que una cinta con caras reconocibles y publicidad atragantando sus cuellos resulta más eficaz y exitosa.

Personas como David Fincher (La Chica del Dragón Tatuado) o Spike Lee (El Plan Perfecto), en este caso, desafían la formula, siendo personalidades capaces de dar un giro. Mantener los sabores del material inicial y construir desde ese punto, es lo que se espera de cineastas talentosos como son ambos. Aunque en el caso de Lee, si bien mezcla intenciones y se topa con la fuerza de su propio estudio, los sabores son algo distintos. El contenido, sin embargo, también llega a serlo. Nunca tan devastador, memorable o justificable, en comparación con una pieza ligada a una retorcida ecuación.

Si bien este remake tiene una cuota de desarrollo en forma de prólogo, el concepto es el mismo. Joe Doucette (Josh Brolin), un hombre indudablemente despreciable, es secuestrado y encerrado en una prisión por 20 años. Con la apariencia de una habitación de hotel, Joe es expuesto a miles de particularidades desde la televisión en la celda. En ella, entre otras desgarradoras noticias, él descubre que su esposa fue asesinada, y que él es el único sospechoso. Viendo como su hija es adoptada por otra familia, Joe toma a la pequeña como lo único que lo mantendrá con vida, dándole las fuerzas para escapar. Si bien, antes de que pueda encontrar una salida, él es liberado.

Manteniendo las incógnitas indicadas al frente, la cinta aun le plantea a Joe el porqué de su encierro y el signo de interrogación sobre el cuello de quien lo encerró. A su vez, el film continúa con una última pregunta, esencial en el film de Park, ¿Para qué liberarlo? Esta cuestión es deletreada en la cara del protagonista, pero no solo es él el quien sufre por falta de información, a medida que el espectador se enfrenta al mismo trato.

El film de Lee no duda en centrarse en Joe e intentar que esa nube llena de dudas también entre en nuestra mente. La decisión es extremadamente satisfactoria, pero con ello, las respuestas también deben serlo. Para “Oldboy”, además de su factor violento, las resoluciones siempre han sido morbosas y devastadoras, pero dentro de su extraño universo, funcionaban demasiado bien. Conociendo el célebre giro de la historia, es esperable que el mismo no golpee de la misma forma en una segunda instancia, pero ciertos cambios aun lo hacen menos sólido.

Sin alterar los básicos, el guion de Mark Protosevich no tiene la fuerza de su fuente a la hora de decir la verdad, pero si trabaja con una conclusión efectiva y de diferencias abismales. Ambos finales le pertenecen a dos tipos de cine distintos, y ahí entra el primer encanto, proporcionado por Lee por supuesto. Por más que el director haya declarado que su versión fue masacrada (y se nota) antes de llegar a los cines, sus intenciones e intereses si están ahí.

Spike Lee no solo se enfrenta a nuestro presente, en comparación con aquel del 2003, sino que crea otro tipo de película. No cabe duda que ambas versiones de “Oldboy” pertenecen al reino de la exageración, pero el cine de Park se hizo tan particular que cualquier otro trato tendería a ser incomparable. Entonces, si bien no me da una razón para orquestar esta reinvención, debo admitir que el director al menos le da personalidad al asunto. Se ve en los detalles, pero ya sean sus colores o el tono con el que afronta ciertas escenas claves, hay separadores como para acusarla de ser su propia máquina. ¿Inferior? Seguro. Pero bueno, siempre nos permitirá experimentar con el aprecio de la misma, si fuera la primero en ser vista.

Resaltando aquella batalla de tonos, la mayor diferencia reside en el reparto. Dejando de lado a Elizabeth Olsen y al pobre Brolin, quien claramente se preparó ferozmente para el papel, no hay minuto en el que Samuel L. Jackson y Sharlto Copley no estén pasándolo bien. Uno puede admirar los atuendos de los villanos y percatarse de la masiva exageración que ambos definen en todo dialogo posible. Donde contamos en que Jackson haga lo que sabe hacer mejor, Copley es quien no deja de sorprenderme. El actor sudafricano acapara la pantalla en todas sus escenas, y exceptuando el mejor momento de Brolin, me fue imposible mirar hacia otro lado cuando aquella curiosa y siniestra silueta se paseaba por el escenario.

El mayor recuerdo de “Oldboy” es y seguirá siendo la secuencia denominada como “La pelea del pasillo”. Intentando extenderla y mantener el factor violento (Esta versión aun carga con su cuota de sangre), Lee admitió que su propuesta para dicha batalla fue parte del recorte general. La misma, si bien carga con promesas, es la clara pista de que algo no funcionó bien una vez que las cámaras dejaron de grabar. Los fantasmas de la edición son tan claros que pensar en todo lo que pudiera haber sido, y alguna vez fue, es desconcertante. Topándonos con la duda, ¿Qué es más decepcionante, un producto sin rumbo o uno saboteado?

Sentir que debo mencionar el trabajo de alguien más en múltiples ocasiones, es frustrante a la hora de evaluar un proyecto como éste. Éstos van, vienen, y difícilmente son recordados, pero aun así, “Oldboy: Días de Venganza” es un esfuerzo que, para mejor o para peor, ofrece ideas frescas. Trabajando desde los cimientos de su historia, y no desde los cuadros, la cinta nunca justifica su existencia, pero al menos se divierte con las piezas de un rompecabezas depravado, en el que aun con errores, el efecto consigue revelarse.

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