7 de abril de 2014

CRÍTICA | EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2014)

Ralph Fiennes en El Gran Hotel Budapest



Es muy sencillo tentar a un seguidor de Wes Anderson con “El Gran Hotel Budapest”, uno de los mejores, sino el mejor, trabajo en su repertorio. En dicha situación, la película está cubierta de un cómodo e incomparable encanto, siempre innovador, siempre original, siempre suyo. Esto podría ponerle fin a mis argumentos, pero estoy algo convencido de que existen espectadores sin visitas al organizado mundo de este cineasta. Agradezco que así sea. Entregándome la oportunidad de recrear mí cariño por ésta y todas las otras piezas en el más colorido de los rompecabezas: la imaginación de Wes Anderson.

Relatada en cuatro épocas y cinco capítulos, este excéntrico cuento es una narración dentro de otra. La atención le pertenece a los tiempos más relucientes del Gran Hotel Budapest, un asentamiento en la cima de una montaña, localizada en la imaginaria Republica de Zubrowka. En dichos momentos, el conserje del hotel, Monsieur Gustave H (Ralph Fiennes), le obsequia toda esa energía a tan tupida residencia, haciendo que cada huésped reciba la estadía que merece. Como empleado principal, él toma sus obligaciones al pie de la letra, dándoles el trato más especial a ciertas invitadas del hotel. Sin segundas intenciones, el conserje desarrolla una serie de romances con las inquilinas de mayor edad (Aparentemente solo con las rubias). Una de sus amantes resulta ser Madame D (Tilda Swinton), una mujer poderosa que muere en curiosas circunstancias. Incluso con una gran familia, su testamento le deja su posesión más valiosa, el invaluable cuadro “Muchacho con Manzana”, a Gustave. La familia de Madame D, particularmente su hijo (Adrien Brody) no toman muy bien dicha noticia; y antes de perderlo, Gustave y su discípulo, Zero (Tony Revolori), roban el cuadro.

Desde este punto, el film se convierte en una astuta persecución por el país europeo, a merced de misterios y memorables personajes. Esto significa correr de un escenario a otro, desde un teleférico a un ferrocarril y del fabuloso hotel a una prisión. Si no sonara bastante icónico de por sí el principal atractivo de “Hotel Budapest” debe ser la notoria mano de un director con marcas registradas. Me refiero a cuadros organizados a la perfección y estructuras que parecen, y son en diversos casos, hermosas maquetas. El que conozca los estilizados mundos de Anderson lo entenderá, pero, incluso con todos sus caprichos cotidianos a la hora de preparar una escena, este trabajo permite devorar nuevas curiosidades.

Suyo y de nadie más. Es asombroso como el cineasta ha sido víctima de unas cuantas referencias o burlas sanas, si bien su estilo nunca ha sido parte de visiones ajenas. Ahora contamos con nuevos elementos para caracterizar pequeños homenajes, haciendo su obra lo más animada posible. Supongo que mi autentico amor por “Fantastic Mr. Fox”, la única cinta animada de Anderson, es un indicador de lo presentado aquí, comparado con lo anterior. Cambiando el stop-motion y los muñecos por personas reales, el director consigue imitar el movimiento de su cine animado, y si bien podría parecer una exageración de sí mismo, no existe razón para reprochar la perfección de sus métodos.

Para entender la precisión, el director y guionista encuentra una razón para presentar tres tamaños distintos a sus planos. Definiéndolos por época, los 30, donde pasamos más tiempo, lucen una escala que, sin ánimo de especificar, es más cuadrada que rectangular. Un aspecto ideal para ordenar todos sus elementos. Sabiendo que veremos tomas sobrecargadas de pequeñas joyas, la decisión de apretar los lados de su mundo permiten hacer más simétricas sus intenciones, jugando con escalas y las piezas centrales de todas sus composiciones.

Ralph Fiennes y Tony Revolori en El Gran Hotel Budapest

Cubierta visualmente, su despliegue técnico no puede eclipsar el primer mandamiento en el cine de Wes Anderson, introduciendo otro guion ingenioso, caricaturesco y cómico, en iguales dosis por supuesto. Volviendo a las raíces más adultas de su cine, no en apariencias, sino sensibilidades, “El Gran Hotel Budapest” encierra escenas y personajes algo sombríos, que logran ganarnos a base de estilo y sets coloridos. La escasa importancia que tienen algunas muertes en todos sus personajes resulta en risas demasiado efectivas, sin caer en un humor negro menos accesible. Porque todo parece de juguete y colores, incluso una escena algo violenta usa el sonido de porcelana quebrada para acompañar el dolor; pero una decapitación y otras escenas explicitas la separan de las sensibilidades en “Moonrise Kingdom”, su obra anterior. Decisión que da en el blanco, al devolvernos esas cálidas formas con las que se enfrenta a asesinatos y otras maldades.

Con un reparto brillante, es lógico que todos los peculiares personajes queden en nuestra memoria. Con afiches que lucen a cada uno de ellos, es fácil señalarlos con sus personalidades, propósitos y chistes, incluso con aquellos que solo sirven de diminutos cameos. A pesar de estos últimos, aún hay un puñado de personalidades con múltiples apariciones. Claramente no se les otorga el mismo tiempo que a Fiennes y al excelente debut que da Revolori, pero la crueldad de Adrien Brody y Willem Dafoe debe ser mencionada. Todos los personajes que introduce Anderson ganan fama de cómicos de alguna forma, y este par logra gran comedia entre seños fruncidos y escasas palabras, en lo que concierne al personaje de Defoe. Totalmente opuestos de Fiennes, quien se muestra parlanchín en todo momento, saltando de inofensivas y elegantes palabras a una grosera y seca actitud. Una disposición novedosa para el actor, quien consigue abrazarla admirablemente.

Como reflexión adicional, por más que no tenga como respaldarlo, existe un claro salto en cuanto a presupuestos entre éste y el último trabajo de Anderson. ¿Por qué señalarlo? Por lo que podemos ver en pantalla. Sean los fantásticos escenarios o el diseño, este es el film más decorado y acaparado que ha introducido, y poder tener algo para admirar detrás de cada personaje acaba siendo otro atractivo. Quizá una segunda mirada no sea una necesidad, pero querer tomarla solo para admirar guiños pasajeros es un excelente cumplido.

Refrescando su estilo, Wes Anderson no olvida sus delicias cotidianas, aunque tampoco tropieza con la monotonía. En una cinta visualmente original, sus personajes y sentido del humor continúan sosteniendo esos fascinantes decorados, los cuales albergan un misterio donde restaría toparnos con Hércules Poirot. En su lugar, las incógnitas e investigaciones, se transforman en huidas y persecuciones para el memorable Monsieur Gustave H. y su fiel asistente Zero; a medida que protagonizan la historia más grandiosa del peculiar, pero bien nombrado, Gran Hotel Budapest.

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