25 de marzo de 2014

CRÍTICA | LO MEJOR DE NUESTRAS VIDAS (2013)

Cécile De France, Romain Duris, Kelly Reilly y Audrey Tautou en Lo Mejor de Nuestras Vidas
No necesitamos acercarnos demasiado para saber que el gastado título de “Lo Mejor de Nuestras Vidas” no es fiel al de este cierre de trilogía comico-romantica creada por Cédric Klapisch. “Piso Compartido”, “Muñecas Rusas” y esta tercer entrega plantean una historia fresca que merece reconocer sus títulos con propiedad. Sin embargo, la cinta apropiadamente titulada “Rompecabezas Chino” si corre con suficiente alegría y sonrisa hasta en los momentos penosos. Quizá no sea lo mejor de estas vidas, pero francamente, una vez que los créditos descienden, si se siente de tal forma.

Reuniendo a su elenco y personajes internacionales, esta etapa, aun disfrutable sin entendimiento previo, ve a Xavier (Romain Duris) y sus continuas complicaciones. Luchando por mantener vivo su matrimonio, Wendy (Kelly Reilly) su esposa, le regala otro giro a su ahora asentada vida. Ella se enamora de alguien más en Nueva York, y sin ningún filtro, le confiesa a Xavier que quiere el divorcio. Sin permitir la perdida contacto con sus dos hijos, nuestro protagonista y narrador busca una nueva oportunidad en Nueva York, donde, si bien ha visitado unas cuantas partes del mundo, se enfrenta a una ciudad bastante alborotada y desafiante. Empezar de cero, escribir un nuevo libro y rehacer su vida son objetivos previsibles, pero aún lejos de casa, Xavier se topa con otra serie de dilemas con sus antiguas amistades.

Mitad travesía extranjera, mitad resolución, “Lo Mejor de nuestras Vidas” se siente como una conclusión. Creando otro set de continuaciones peculiares, a lo “Antes de la Medianoche”, este tercer capítulo se destaca por acabar bastante finalizado, por más que no lo afirme. El cuarteto de protagonistas tiene sus historias, y por más que no necesitemos su conocimiento para disfrutar del trasbordo, esa travesía de lenguajes, amores y países llega a cierto fin. Uno que además, se comporta de forma satisfactoria, aun empujado por algún cliché.

El pez fuera del agua es un concepto repetido infinitas veces en comedias, y más aun con ciudades como Nueva York, la cual se presenta, con su tráfico, multitud y dificultades, bajo el brillo del sol. Cabe mencionar que Xavier Rousseau es un considerable trotamundos, y si bien la famosa ciudad de Norteamérica es un fuerte obstáculo, ya sea por los elevados alquileres, la búsqueda de trabajo o la cómica forma con la que consigue quedarse ahí, él sabe cómo sobrevivir. Así es entretenido ver a un pez preparado para salir del agua, en un territorio de extraños ritmos. Bajo la narración de Romain Duris, el paseo se hace algo fantasioso y lleno de coincidencias, pero con un personaje que invita a algunos filósofos a su cabeza para conversar, cualquier momento es creíble en su versión de los hechos.

Si mencionamos a aquellos personajes históricos que pasan por la imaginación de Xavier, nunca hay dudas de que el film tiene un humor útil; más aun con el roce de los 120 minutos en su reloj. Pero, sus risas no son ni la mitad de efectivas que su envidiable ritmo e imborrable sonrisa. Incluso en momentos de conflicto o engaño, el film se mantiene de pie positivamente. No, nunca se ríe de ello, y aun creo que uno de sus giros resulta algo inconcluso y odioso por parte de uno de los personajes, pero la voz que rige la historia nunca deja que nos preocupemos mientras la cuanta. Además, parece que incluso entre complicaciones, la película nos da un fragmento de lo mejor de estas vidas.

Acompañando y empujando el carisma de Duris, la edición se hace con el control del relato, asegurando ese ritmo desde el primer minuto. Con algo de música agradable y una introducción en piezas, es difícil perder el interés al toparnos con algo de ingenio o agilidad a la vuelta de la esquina. La cinta no se repite muy a menudo, y poniéndonos al día con todos sus eventos, no parece perder el tiempo, deteniéndose solo para incluir algún adjunto del protagonista.

No puedo evitar el cliché de comedia romántica que el film empuja llegado su último acto. Los múltiples enredos en un solo lugar funcionan, pero cuando llega la hora de lo esperable, aun nos regala el clásico trote por amor. Puedo afrontarlo, lo he visto antes, pero en un vivo entretenimiento como éste, el tropiezo con la simpleza es notorio. De cualquier manera, la alegría en el destino es una obviedad con la naturaleza de su título, y al menos esa felicidad se va pacíficamente con una divertida frase final. No hay conflictos en esa despedida. Los rompecabezas chinos tienen sus enredos, pero tarde o temprano su solución es visible, y no es mala idea mantener una sonrisa mientras intentamos encontrarla.

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