13 de marzo de 2014

CRÍTICA | INSIDE LLEWYN DAVIS: BALADA DE UN HOMBRE COMÚN (2013)

Oscar Isaac y Justin Timberlake en Inside Llewyn Davis
Joel y Ethan Coen, más conocidos como Los Hermanos Coen, siempre han sido cineastas ingeniosos, y sobretodo originales, entre sus curiosos personajes y tonos, por no mencionar su siempre presente humor negro. Sin embargo, entre su catálogo de títulos hay otro elemento que me resulta igual de característico: La obsesión por condenar a sus protagonistas, y hacerlos sufrir. Supongo que es un aspecto de la vida misma. Ya que, bajo un arco íntimo, “Inside Llewyn Davis” vuelve a simularlo, ahora en tiempos de los 60, caminando por la escena musical del Folk en Manhattan, junto al solitario y trágico Llewyn Davis (Oscar Isaac).

Llewyn es un músico de Folk, figurante de cafés y pequeños espectáculos. Su distanciamiento de la música en grupo, tras la muerte de su compañero, lo obliga a buscar suerte como solista, una vida que lo lleva a vagar por las frías calles de Greenwich Village. Su considerable éxito como dúo eclipsa sus posibilidades como acto de una sola persona, y mientras lucha por sobrevivir, la vida no hace más que empujarlo. ¿Pero cuál es su solución? Seguir levantandose.

Abriéndose con un plano hermoso de Isaac y su querida guitarra, la cinta elije el talento de su protagonista como principal hilo conductor. Guiándonos por sus interminables fracasos para conseguir el reconocimiento como solista, no hay minuto, desde esa escena inicial, en que el que creamos que su talento no es real. Su mala suerte y sus desgracias son un hecho, pero esas mismas son las que lo transforman en ese artista sin reconocimiento. Lo convierten en una persona difícil de tratar, en aislamiento con los demás, pero de alguna forma, es el precio de su talento y de su pasión. Todas esas razones convierten a Llewyn Davis en el personaje ideal para que los Coen lo hundan bajo un sinfín de reveces. De cierta manera, esa desgracia tiene un propósito, y una consecuencia importante en su persona.

Hablando de reveces, su historia lo ve vagar de sillón en sillón, y de calle en calle bajo el frio invierno. En esos ambientes, “Llewyn Davis” genera una paleta de colores oscuros pero nítidos donde el director de fotografía, Bruno Delbonnel consigue miles de cuadros hermosos, sea desde los oscuros cafés, las frías carreteras o la mirada de un enigmático gato, quien acompaña al protagonista la mayor parte del tiempo. Así seguimos a Llewyn y sus fallidos esfuerzos detrás del éxito, visitando escenarios pequeños y conociendo a infinidades de personajes memorables que influyen de alguna u otra forma en la vida del músico.

Toda esa desgracia tampoco es completamente acreditable al destino ya que tras ciertos acontecimientos ese hombre solitario demuestra ser su propio enemigo por momentos, sea por sus decisiones o su constante actitud ante algunas situaciones delicadas, de las que no sale en gran postura. Dicho eso, es difícil no sentir pena por él a medida que somos capaces de reírnos de sus múltiples tropiezos, al pararse como un alma en pedazos, pero aun inquebrantable.

Equivalente a la clásica violencia Coen, aquellas escenas en las que los excelentes diálogos no están a la orden, tenemos una dosis alta de excelentes momentos musicales en los que muchos personajes se ganan sus cinco minutos, al cantar al tono de una guitarra. Lamentablemente, si bien tengo entendido, esas canciones no son originales, pero nadie podría negar que estos covers son algo lejano de la perfección, marcando como picos “Hang Me, Oh Hang Me”, “Fare Thee Well” y la cómica “Please Mr. Kennedy”. Esa música le da ritmo a una fiel representación de la escena folk/country, donde uno pensaría que ese estilo de vida y música fueran los únicos participantes de esa época.

Rodeado de buenos cantantes y buenos actores, Oscar Isaac, quien cumple ambos requisitos, resulta soberbio, cargando en sus encorvados hombros con este melancólico relato. Si bien resulta algo amargado en determinadas situaciones, queremos que Isaac supere esos torbellinos por los que los guionistas lo llevan. Al punto en que nos gustaría que lograra empujar su sueño fuera de las pequeñas puertas de un simple club de Folk.

Hablando de talentos enfocados en cine y música, los Coen vuelven a reunir un fuerte reparto secundario, donde, sorprendentemente, solo John Goodman resulta ser ese colaborador usual. Entre Carey Mulligan, Justin Timberlake, F. Murray Abraham, Adam Driver y Garrett Hedlund, hay un espacio lleno de apreciables cameos, que traen la posibilidad de ver unos cuantos interpretes en el escenario. Demostrando lo esencial de su trato en una historia que pretende ir dentro de un solo personaje, como bien indica su título.

No creo poder derramar todo mi aprecio por esa calidad melancólica que los Hermanos Coen brindan en esta ocasión. Su historia de música, pasión y resistencia en tiempos difíciles es solo describible hasta cierto punto sin revelar escenas en concreto, al admitir que, narrativamente hablando, es muy simple. De cualquier forma, esto no la hace menos respetable. Con todo el peso que pone sobre su protagonista, es un film que enamora a su espectador a base de excelentes escenas, canciones y una buena moraleja, mientras oímos una frase concluyente mucha más que adecuada. Una que no traiciona sus sensibilidades, al sonido de otros placenteros acordes de guitarra.

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