3 de febrero de 2014

CRÍTICA | 12 AÑOS DE ESCLAVITUD (2013)

Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender en 12 Años de Esclavitud
Si recorremos las páginas de la historia, uno de los capítulos más oscuros siempre será la época de esclavitud en Estados Unidos. Tal es el horror, que hasta el momento nadie había podido retratar ese infierno como lo consigue Steve McQueen en “12 Años de Esclavitud”. No debemos temer, este no es un ejercicio de tortura porque no pretende hacernos sentir culpables. Es un trabajo que ilustra la verdadera pintura, que se asegura de que no olvidemos lo ocurrido y que presenciemos el poder del ser humano por sobrevivir. Con toda esa grandeza, uno aún debe ser advertido, este no es ningún recorrido fácil de aguantar.

Adaptada de las memorias de igual título, “12 Years a Slave” se centra en la lucha de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un hombre de familia, amigos y reconocidos talentos; pero ante todo lo demás, un hombre libre. Debido a un viaje de trabajo, su esposa e hijos deben dejarlo, y por algunas semanas Solomon debe afrontar cierta soledad. De pura casualidad, su talento musical con el violín le consigue una estadía corta y lucrativa en Washington. Colaborando con otros artistas, Solomon disfruta de su nueva compaña, y de una exquisita cena, cuando algo no le sienta del todo bien. A la mañana siguiente, la habitación de su hotel no es más que una celda oscura, y su libertad un par de grilletes, descendiendo cada vez más en el interminable pozo que es la vida como esclavo.

Siendo el trabajo más accesible de McQueen, el director taclea este doloroso camino con la consistencia que suele tener su cine, asegurándose de mantener la vista en su protagonista. Existen momentos en que “12 Años” podría pretender a ser una épica de horror, pero la sensatez del cineasta rodea estos acontecimientos en pequeño. El espacio y escenas sobran como para reunir unos 180 minutos, pero donde otros directores cometerían el error, esta adaptación juega demasiado bien con su tiempo. Sin sorpresa alguna, la cinta retrata esos 12 años que el titulo tantea, por más que se mueva como si solo hubieran pasado seis meses de cautiverio. Quedándonos con una línea de tiempo que no requiere de fechas a medida que avanzamos, el titulo explica esa cifra, y el contenido se muestra por sí mismo, sin la necesidad de planear cada paso. Por otro lado, el sentimiento de esos 12 años si se oprime en cada esquina, y no es coincidencia que lo carguemos con nosotros a medida que dejamos las butacas.

Es muy simple explicar todas las secuencias de esta experiencia en escasas palabras, pero hay un cine demasiado importante incrustado en “12 Años de Esclavitud” como para evitarla debido a lo que intenta transmitir y de la forma en que decide hacerlo. Con sus temas sobre supervivencia y la naturaleza de la fuerza humana fuera de la mesa, éste todavía es un inmaculado trabajo de un grupo que no quiere enseñarnos la historia desde una ventana empañada. Hablo de una excelencia cinematográfica, un trabajo que merece reconocimiento por más que sea imposible de disfrutar, desde el punto narrativo al menos. Ese dolor que refleja es absolutamente esencial, es parte de nuestra historia, y como tal, debe ser representado con igual fuerza. No hablo de violencia gratuita o morbosidad, y McQueen incluso se mueve con destreza para evitar el factor gráfico, pero no cabe duda de que este es un film donde uno querrá mirar para otro lado. ¿Por miedo a lo que vera? No, sino por el temor que conlleva experimentar este tétrico pasado.

Michael Fassbender, Lupita Nyong'o, Chiwetel Ejiofor en 12 Años de Esclavitud

Entre miles de cualidades a destacar, los desafíos de McQueen son los que hacen la diferencia, atreviéndose a cambiar las reglas y a buscar giros en sus cuadros. Comenzando por su poder, lo tradicional suele jugar simplemente con lo que vemos. Se trata de mantener la cámara apuntada a los instantes más graficos sin importar de que se trate, pero la cámara del director de fotografía, Sean Bobbitt, hace exactamente lo contrario. En momentos de tensión su cámara se mueve de lado a lado prefiriendo sugerir esa violencia. Sí, tenemos cuadros gráficos, pero la técnica de McQueen prefiere apuntar a un solo punto cuando el horror es silencioso. Este se vuelve más poderoso y casi insoportable a medida que la cámara sigue de pie. Sobre sus nervios, no verán el resultado de esos castigos más que por instantes, ya que las víctimas son el centro del dolor. Se ve en la persona, no en el cuerpo. El espíritu inquebrantable del ser humano es la base de estas escenas, la forma en que aguanta más que la carne que lo envuelve, la manera en que lucha por vivir.

La posibilidad de enfocarse en el dolor del ser humano se da gracias a un elenco inmensamente talentoso con tres protagonistas en la cima y pequeños cameos en el camino. Obviamente, los nombres de Brad Pitt, Paul Giamatti, Benedict Cumberbatch y Paul Dano llamaran la atención de cualquiera, pero ellos solo tienen suerte de estar acá, dado que el estrellato le pertenece a Chiwetel Ejiofor, Lupita Nyong’o y un endiablado y desagradable Michael Fassbender.

Ejiofor encabeza la cinta la mayor parte del tiempo y le regala a McQueen una perfecta victima con la suficiente resistencia como para intentar recuperar su libertad. Sus plegarias, su esperanza su dolor, Ejiofor le da a Solomon la importancia de este relato, empujándolo con trabajo y sudor. Quizá con mayor sufrimiento, Nyong’o consigue un resultado similar manteniendo la calma y mostrando su triste faceta una vez que las cartas ya han caído de la mesa. ¿Quién se encarga de tirarlas? Esta bastante claro, ya que Fassbender se atreve a encarnar al mismo Diablo en el dueño de una plantación de algodón. No es un villano, es la cruda realidad llevada al máximo. Cualquiera odiara a este individuo con pasión y sentirá los nervios en el cuerpo cada vez que abra la boca, y si bien debemos aplaudir a Fassbender por estas emociones, no es algo que querremos hacer durante esos 130 minutos de duración. De verdad, se necesita coraje para encarar un papel como este, pero como ha demostrado McQueen en el pasado, el mayor talento de Fassbender es no tener límites.

Entre tomas poco centradas y escenas filmadas con coraje, nada se compara al momento que fácilmente podría señalar de climax. Sobre sus minutos finales, la cinta se atreve a ir más allá con algunos cuadros que nos mantienen al borde de la butaca y a punto de soltar algunas lágrimas entre excelencia, injusticia y desagrado. Es el moño negro que rodea este trabajo, que acaba de definirlo como un brillante infierno; imposible de disfrutar y aún más difícil de negar como producto quizá magistral. En teoría, debe ser una experiencia dolorosa, pero como tal, ésta también debe ser vista. No necesariamente por la excelencia que arrastra, sino por la esencial parte de nuestra historia que representa.

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