4 de enero de 2014

CRÍTICA | EL LOBO DE WALL STREET (2013)

Leonardo DiCaprio en El Lobo de Wall Street
¿Cuántos años tiene Martin Scorsese? Esa es la pregunta que debería rodear “El Lobo de Wall Street” y no una tonta indignación, ante una supuesta defensa de conductas inadecuadas. Cargando con un alto contenido de actos desagradables, me intriga saber cómo su mítico director fue capaz de entregarle ese pulso y dinamismo incontrolable del que nunca había presumido antes. Eso es lo único discutible respecto a esta épica de vulgaridad, adicciones y excesos, sabiendo que el resultado, nunca escapa de la absoluta excelencia y de un preocupante valor sobre como aborda su descontrolada perversión.

Sexo, Drogas, Dinero, Sexo, Drogas, Dinero, etc. La “gloria” de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) se caracterizó por estas tres adicciones de camino a un inevitable precipicio. Ese abismo es intrépidamente representado durante 180 minutos infestados por la comedia más negra y efectiva, sin disimulos o disfraces. Justificar esas tres horas no es fácil, pero la duda ofende al creer que Scorsese no tiene a mano algún tipo de vicio más para poner frente a su audiencia, mientras su protagonista desciende por las escaleras al infierno y nos enseña que ama el calor del fuego que lo rodea.

Belfort es un corredor de bolsa, uno ingenioso, o con labia si se quiere, quien, tras entender el mundo en el que ha entrado, descubre que la posibilidad del éxito se encuentra mucho más cerca de lo que sus estudios le sugirieron, por más que sea a costa de otros miles. Así es que no le toma demasiado tiempo crear su propia firma, donde el dinero crece desde los cimientos de su oficina, lo único que se respira es el exceso y solo se oye el sonido de los teléfonos y los gritos, a lo que Belfort se refiere como “El sonido del dinero”, único punto en sus extensos monólogos que nadie podría discutir.

Desde sus humildes comienzos hasta sus más vergonzosas caídas por el uso de drogas, Belfort es la diabólica personalidad que rige este festín de irresponsabilidad, y sus hazañas desafían la existencia de la palabra “Ilegal”. Todos y cada uno de sus delitos o adicciones, que contagia a sus asociados, son representadas de la forma más explícita posible. Esto la hace perfectamente capaz de herir la sensibilidad de ciertos espectadores, poco preparados para los abusos del sexo y la droga, quienes son protagonistas desde los primeros minutos.

La decadencia que la película representa con sus escenas más deplorables no es ningún chiste y francamente, me es muy difícil reírme de temas tan delicados, siendo obvios problemas del día a día. Dicho esto, éste es un film de pura comedia, surcando con un humor negro en estado puro, viviéndolo con culpa y con la incapacidad de tapar tu boca en medio de una carcajada. No me atrevo a señalar quien sea capaz de encontrar el chiste y quien no, sabiendo que estos últimos también desbordaran las salas. ¿Es una actitud errónea? Ni se pasa por mi cabeza, pero incluso el que determine que ese tipo de comedia le es desagradable, no podrá admitir que taclear esta historia real de tal forma no es la correcta.

Jonah Hill y Leonardo DiCaprio en El Lobo de Wall Street

Sería incapaz de poder tolerar 30 minutos de este comportamiento, si no fuera por ese tono tonto con el que prácticamente todos los personajes (Culpables de algo) reaccionan. Ver una completa dramatización sobre este oscuro capitulo no haría nada más que declarar algo que ya sé con presenciar los primeros cinco minutos de lo aquí presentado. Algo que otras tres horas nunca serían capaces de borrar. Por suerte, “El Lobo de Wall Street” quiere criticar algo más que la actitud irresponsable de su protagonista, decidida a, y sin intención de arruinar una perfecta toma final, criticar otras actitudes, quizá más tristes y todavía más irresponsables. Apuntando incluso, al espectador al que ha hecho reír.

Con unos tétricos zapatos que llenar, DiCaprio es el alma de la fiesta, entregando lo que posiblemente sea su mejor trabajo. La presencia de Belfort es absoluta, ya sea por su narración o por su alocada persona, y no hay un segundo en que DiCaprio pierda su excelencia o demencia, viéndolo empujar su zona de confort. Más allá de su constante uso de cocaína o las múltiples escenas explícitas a las que se enfrenta, el mayor logro es encontrarnos con un actor de reconocido calibre dispuesto a ser la persona más repugnante por nada menos que 180 minutos. Su salvación y la posibilidad de ser un antihéroe van desaparecido cada vez más rápido, y si olvidamos su obvio talento, DiCaprio demuestra una vez más que es uno de los actores más comprometidos de nuestros tiempos.

Nuestro protagonista aun comparte escenas con jugadores secundarios que nunca escapan de ser completos ases. Estoy hablando de papeles pequeños para actores como Matthew McConaughey, Margot Robbie, Rob Reiner, Kyle Chandler, Jon Favreau y Jean Dujardin. Todos dispuestos a todo y todos por encima de su juego, con absoluta fe en lo que Scorsese y el excelente guion de Terence Winter exigen. Tan alocado como Belfort, quién no sería capaz de mencionar a Jonah Hill, que es tan protagonista del escenario como DiCaprio, actuando en el mismo limite que él. Es el centro de otro millar de risas, que van bastante más allá de sus conocidas cualidades, por más que no se aparente a primera vista.

Uno ríe por el envoltorio, en forma de comedia negra. No los defiende, pero el espectador si disfruta de esos actos deleznables, exagerados y atroces, cometidos por un complot de personajes astutamente viles. Eso mismo es lo que se atreve decir, demostrar la verdad que deambula durante nada menos que tres cuartos de su duración. Podría entender que uno no encuentre humor, pero, ¿Protestar por defender este tipo de comportamientos? Quien podría atreverse, al dejar claro que nuestro comportamiento puede ser tan repugnante como el enseñado en pantalla, por más que sea en condiciones completamente distintas.

Nos mira a nosotros tan rápido, que cualquier espectador podrá dejar la sala un poco asustado. Se necesita coraje para filmar algo como esto, tan volátil, tan cuestionable y tan efectivo, sin importar su cara, ya que al igual que es la cinta más hilarante, también resulta una experiencia bastante deprimente, a la par con la cartelera que la acompaña. Nuestra sociedad no aprueba los actos perpetrados aquí, pero sí está dispuesta a hacer la vista gorda si el camino es hacia la cima, y eso, eso es más temible que ver a Belfort tirando su vida a la basura.

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