15 de diciembre de 2013

CRÍTICA | LA SOSPECHA (2013)

Jake Gyllenhaal en La Sospecha
Sería difícil desenterrar el nuevo film de Denis Villenuve del oscuro agujero en el que fue concebido. Sin ninguna luz al final del túnel, la moral del ser humano es puesta a prueba al borde de la tragedia, y bajo esa misma, nadie es un héroe; pero alguien debe ensuciarse las manos para cometer aquellos actos heroicos. En “La Sospecha” no hay ganadores ni perdedores, solo almas en pena.

Perder la fe es un asunto que va más allá del dolor, pero es el filo de éste el que desata los eventos en “Prisoners”. Tras la desaparición de sus hijas más pequeñas, las familias Dover y Brich se ven desoladas ante la posibilidad de no volver a verlas. Por su parte, Keller Dover (Hugh Jackman), el padre de una de las niñas, no puede soportar el paso de los días mientras espera una prueba de esperanza, por lo que decide buscarla por sí mismo. El detective Loki (Jake Gyllenhaal), encargado de la investigación, acaba descartando al único sospechoso por falta de pruebas, y ante su desacuerdo con esta decisión, Keller secuestra al posible involucrado (Paul Dano), quien comienza a vivir un horror a merced de la desesperación de un padre sin alternativas. Loki continúa su investigación y Keller la suya, pero al caminar por carreteras tan abruptas, no todas las respuestas serán esperanzadoras.

Probablemente estemos frente a uno de los films más oscuros de 2013 en cuanto a la grima que escupe y los sentimientos que evoca, y no es ningún secreto que mucho de lo que aprecio aquí se deba al trato que directores como David Fincher han entregado a este tipo de género. Villenuve retoma ese mismo lenguaje, desciende a esa tétrica atmosfera, y lo que trae desde ella no es nada agradable, pero, ¿Profundo y efectivo? Seguro. Entre emociones baratas y pocas tensiones, thrillers como este no son algo corriente.

Estando moralmente comprometida desde su premisa, “La Sospecha” exige la participación del espectador dentro y fuera de la sala para poder reconocer su efecto, y me resulta difícil creer que alguien no sucumba ante la fuerza con la tira. Obviamente, la película toca ese reconocible dilema moral con las decisiones de algunos de sus personajes, pero si bien espera que sus cuestiones sean afrontadas por el público, la cinta tiene la capacidad de responderlas por sí misma.

Mientras funciona narrativa y temáticamente, su curriculum tampoco se separa de lo espectacular. Roger Deakins vuelve a ser protagonista del espectáculo consiguiendo otra fotografía inmaculada. Uno no puede dejar de admirar algo tan simple como un árbol con lo que Deakins es capaz de lograr con la cámara, y siendo una película de casi 150 minutos, está claro que hay razones para dejar cuadros como ese por más de 10 segundos. En sus opacos giros, el director de fotografía encuentra la forma de iluminarnos el camino, incluso si involucra algo poco usual. Ese es su fuerte acá, hacer de aquello frio e inseguro, algo artísticamente bello. Uno ni siquiera puede imaginar de lo que es capaz con una ventisca de nieve golpeando en un parabrisas. Brillante.

Llenando su fría atmosfera, su elenco está lleno de talento comprometido, donde algunos ni siquiera tienen el tiempo de lucirse. Hugh Jackman percata toda la atención siendo quien deja salir su endemoniado enojo y dolor cada vez que entra en escena. Sí, es cierto que lo hemos visto enojado en diversas ocasiones, pero transmitir su desesperación, eso es algo nuevo, dado que le roba las escenas a quienes lo acompañan. Así perdemos parte del talento que Terrence Howard trae consigo por ejemplo, que es sin duda efectivo, pero cuesta verse junto a los siempre vidriosos ojos de Jackman. 

Controlando emociones y manteniéndose absolutamente recio desde el minuto en que lo vemos sentado en soledad, el Loki de Gyllenhaal es demasiado interesante para no querer seguir su investigación de cerca. Ciertos gestos, algunos simples tatuajes y su incansable sed de justicia lo hacen un personaje increíblemente intrigante al que no me molestaría seguir en cualquier otro de sus casos. Queriendo cerrar un círculo, Paul Dano también merece su elogio. Víctima, sospechoso o inocente, cualquiera sea la respuesta, su personaje vive gracias a esa personificación y esto se confirma al solo comparar la cantidad de tiempo que está en escena con los diálogos que suelta, los cuales pasan de escasos a nulos.

La angustia de sus tétricos asuntos no solo se acredita al argumento que decide taclear, sino a la forma en decide resolverse. No, esto no dice absolutamente nada de su conclusión, pero es cierto que todos sus temas consiguen un cierre ingenioso para aquellos que quieran ver un poco más allá. Hay excelentes motivos, inteligentes resoluciones, y aun sin revelar sus secretos, puedo asegurar que el pesar estará presente en cualquiera, una vez abandonada la butaca.

Con el más hermoso de los ritmos; el dolor, el misterio y la reflexión son amos de este thriller perfectamente orquestado, donde es difícil encontrar el resplandor. Es un eclipse al que uno desciende, vaga apenado, y encuentra a aquellos desterrados, esos que ruegan por volver a ver la luz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario