23 de agosto de 2013

CRÍTICA | UN LUGAR DONDE REFUGIARSE (2013)

Josh Duhamel y Julianne Hough en Un Lugar Donde Refugiarse

Es imposible anticipar la asombrosa demencia con la que “Un Lugar Donde Refugiarse” nos espera en su tercer acto. Son estas revelaciones y momentos tan hilarantes los que hunden su mediocridad todavía más en el fondo, al punto de salir por el otro lado. Eso sí, con todas las risas que pueda provocar, no hay nada que le quite su certificado de incompetencia.

Por más que se venda como otra historia romántica escrita por el autor de “Diario de una Pasión”, “Safe Haven” tiene las agallas de ir más allá, interponiendo un thriller en el asunto. Presentando a su protagonista como una fugitiva, conocemos a Kate (Julianne Hough) a medida que escapa de la policía y se instala en la ciudad de Southport, Carolina del Norte. Con una identidad nueva, el pelo teñido y una cabaña en las afueras, Kate tiene la oportunidad de tener una nueva vida, pero mientras se enamora de este lugar, y de alguien más lógicamente, su desconocido pasado empieza a alcanzarla.

Cuesta centrarse en el centenar de problemas que rodean la primera hora de esta cinta cuando nos enteramos que la mediocridad puede más. Pero conteniéndome de no basar sus conflictos solo en la conclusión, hay mucho que decir de esta blanda y vergonzosa historia de amor.

Quitando sus facetas de thriller por un segundo, no existe una pizca de interés en sus dos protagonistas, dándoles los pasados más cliché del género. Por una parte, el personaje de Hough se conforma con tener un sorprendente y terrible secreto, y para Nicholas Sparks, el autor de la novela, y Dana Stevens, quien se encarga de adaptarla, esto es suficiente para poner interés en tres cuartos de su duración. En el otro lado, Josh Duhamel sirve de interés romántico para Hough. Es el hombre de ensueño, con dos hijos y que, obviamente no sufrió un divorcio, sino que vivió la muerte de su esposa, porque la tragedia debe hacer presencia. A todo esto le adherimos sus torpes diálogos y completamos un circulo gastado de por sí imposible de recomendar, pero en particular, “Safe Haven” quiere la nota, y la consigue, faltando mencionar a alguien más, para poder desatar su incomparable incompetencia.

Desde los primeros minutos se nos introduce un tercer personaje, con su propio relato. David Lyons interpreta al policía tras la pista de Kate, y entre escenas románticas intrascendentes, él tiene su propia línea, la cual nos acerca más a los secretos de la protagonista y al cómico desenlace. Francamente, en lo que me concierne, Lyons y su ridículo personaje merecen un lugar en el poster, el avance y en las razones que alguien podría dar para recomendar esta atrocidad. Debe ser aquello que la identifique, después de todo, para mal o bien, es lo más memorable.

Sin arruinar lo que ya son los giros más inesperados del año, los últimos 30 minutos son todo menos competentes. Pegándole una patada a las leyes de la narración y más importante aún, al desarrollo de su historia, hay momentos en “Safe Haven” que demandan ser vistos para creerlos, introduciendo aquello que no se debe hacer nunca. Un manual para cualquier director, guionista o actor sobre que está mal. Si bien me muero de ganas de hablar sobre la desfachatez que va soltando en el camino, si existe una razón para no hacerlo. No vale con mencionarlo, no tiene el mismo efecto, después de todo, las risas hay que ganárselas, y tras dejar una marca en la frente de tanto golpearse la cabeza contra la pared, las carcajadas burlonas son un oasis para esta experiencia. Y no, no se trata de mediocridad cómica, se trata directamente de una burla, casi parodiándose a sí misma. Porque todo esto se lo gana con trabajo, uno que nadie podría simular si se empeñara en hacerlo desde el principio.

Ajustando la vista ante tantas equivocaciones, el asombro despierta la curiosidad de estar presenciando un chiste de mal gusto, o una extensa broma pesada, girando la cabeza en toda dirección, con el fin de saber si el resto de los espectadores presencian lo mismo. Es así como incluso la defensa de aquello atípico no puede con la tarea, y se estanca ante un producto que cruza la línea entre lo nefasto y lo hilarante.

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