23 de mayo de 2013

CRÍTICA | EL GRAN GATSBY (2013)

Leonardo DiCaprio y Tobey Maguire en El Gran Gatsby
Uno de los principales temas de “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald, es el pasado, y tal y como se lo describe, el mismo sigue apareciendo durante nuestras vidas y se transforma en consecuencia para nuestro presente y futuro. Habiendo dicho eso, han pasado casi unos 100 años desde la publicación de la novela, pero su historia sigue vigente y sigue tirando de nosotros. Es así que la más reciente adaptación de esta inmortal historia de poder, amor y tragedia, la cual se atreve a introducir incontables elementos modernos, sigue siendo capaz de recrear esos temas principales. A medida que la novela sigue más que viva, Baz Luhrmann lleva su espíritu todavía más lejos, adaptando a nuestro tiempo, aquello que es eterno.

Nueva York, 1922. Nick Carraway (Tobey Maguire), un escritor frustrado y nuestro narrador, se instala en Long Island, en búsqueda de una nueva vida en la reluciente ciudad de las oportunidades. Trabajando como vendedor de bonos, Nick alquila una encantadora cabaña en West Egg, la cual, casualmente se encuentra pegada a la masiva mansión del misterioso Señor Gatsby (Leonardo DiCaprio). Todas las noches el hogar de su vecino se llena de luz y atrae a toda Nueva York para disfrutar de su gran hospitalidad como anfitrión de las fiestas más grandiosas y exuberantes de la ciudad. Presenciando estas elaboradas reuniones más de cerca, una pregunta empieza a rodear la cabeza de Nick acerca del individuo que todas las noches lo vigila desde una de sus ventanas, ¿Quién es Gatsby?

Decir que esta versión de “El Great Gatsby” será la verdadera adaptación de este clásico americano es demasiado. Cualquiera que intentara convencerme de una mejor retratada, se lo creería, pero no habrá ninguna capaz de interpretar el trabajo de Fitzgerald como lo hace la ambiciosa visión de Luhrmann. La fuerza de sus reflexiones sigue intacta, y a la larga es lo que más me preocupa en cuanto a qué debe prevalecer de esta obra, pero cuando se trata de la narrativa y la reconstrucción de la época, el director impuso su estilo. Respetando el lugar de sus elementos, Luhrmann no intenta recrear cada escena como la describe el libro, sino que se ocupa de hacernos sentir cada una. El haber vivido en la época del jazz debe haberse sentido como presenciar la Nueva York de este “Gatsby”. Sus relucientes y vivas esquinas, así como la sensación de grandeza y oportunidad, no se ven en pantalla, se viven, al ser introducidas con los aspectos que el siglo XXI identifica con lo sentido en los momentos mágicos del 20. Transformando ese jazz en tonos mucho más modernos, la música es uno de esos elementos utilizados para crear la sensación que describo. Obviamente, mucho acabara yendo por gustos, pero ese soundtrack organizado y liderado por Jay-Z intenta ayudarnos a identificar el sentimiento de la época, y pasados unos minutos, uno no cuestiona tales elecciones, sino que se deja llevar por las mismas.

El tomar las fabulosas y tupidas fiestas de Jay Gatsby, y transformarlas con ritmos actuales y música moderna, no tratan de recrear, sino de encontrar esa sensación única de ir a lo de Gatsby, y el porqué de la grandeza de sus fiestas. Entre los brillantes colores y múltiples fuegos artificiales, se nos introduce al gran Jay Gatsby, y con solo 5 segundos tenemos ante nosotros el límite de la exageración, al presentar al personaje con un tono prácticamente fantástico. Y si bien esto se escapa de la imaginación del director, Fitzgerald lo describió como una persona más grande que la vida misma, quien ha llegado a sentirse en la cima del mundo, y que tendría una entrada tan triunfal como esta. Esa es la excusa de los brillos, los tonos y lo extremadamente dinámico, Luhrmann interpreta acertadamente y pone en pantalla no tanto lo descrito sino su sensación. Lo sentido por alguien que no cumple con todas sus expectativas, pero si tiene la mente en el lugar correcto.

Elizabeth Debicki, Joel Edgerton, Carey Mulligan y Tobey Maguire en El Gran Gatsby

Hablando de alguien que se sintió en la cima del mundo, o bueno, más bien como el rey del mundo. El Gatsby de DiCaprio es pura perfección. No solo emula con elegancia su actitud y su frase personal cada vez que un “Old Sport” (Viejo Amigo) se escapa de su boca, sino que uno puede ver esa esperanza en su forma de hablar y en su cara a medida que le revela sus intenciones al Nick de Tobey Maguire. DiCaprio se convierte en lo mejor de toda la cinta al vivir a Gatsby, y en cierta forma, si bien no es su mejor actuación, probablemente sea el papel que nació para interpretar. Sin embargo, con todos mis halagos, hasta yo tengo que admitir que la constante repetición del “Old Sport” le saco un poco de encanto. Por más que en la novela se repita casi tantas veces como el apellido del protagonista, fue explotada demasiado.

Para revivir el núcleo de la novela, mucho es acreditable al manejo de sus múltiples temas más allá de la narrativa central. Aquí encontramos una mirada excelente a una sociedad aparentemente perfecta y reluciente que no es más que una tapadera mortal una vez enganchado. Toda esa belleza en pantalla, tan dinámica, tan atractiva, es una luz brillante que ha atrapado a tantos, que posee unas cuantas víctimas, y de la cual Gatsby se cree capaz de tocar. Mucho de esto también es justificado con algunos de sus símbolos, los cuales saltan intactos desde la prosa, como son los icónicos ojos del Dr. Eckleburg vigilando el valle de las cenizas o la hipnotizante luz verde frente a la mansión del protagonista. Este último símbolo literario se impone bellamente en la pantalla y la lidera desde la primera toma a medida que es acompañada por su propio sonido. La luz verde se ha interpretado de diversas formas, pero  a mi ver, es el objeto que simboliza el deseo que Gatsby tiene por alcanzar su pasado, estirando su mano, tratando de tomarlo al verlo tan cerca, incluso sabiendo que todavía se mantiene inalcanzable. Esa siempre ha sido una de las facetas más interesantes del personaje, su esperanza, su deseo de alcanzar su propio sueño americano, el cual se demuestra imposible, una ilusión llevada por una época de oro al borde de una decadencia inminente, la cual fue prácticamente predicha por la novela de Fitzgerald. Luhrmann entiende esa gran reflexión, y sobre todo lo que hace, justifica todo su estilo visual con este y otros temas en el libro, los cuales, como dije antes, están ahí, y son lo que la hacen una adaptación bastante única y ante muchos pronósticos, fiel.

Otro de los puntos centrales para la narrativa principal es Daisy Buchanan, prima de Nick. Interpretada por Carey Mulligan, Daisy es un personaje que, ademas de ser absolutamente interesante, podría ser definida como simple. Viéndolo así, Mulligan es una de mis sorpresas al ver lo que logra hacer con esta co-protagonista. Ella deja ver la ingenuidad que la caracteriza y hace mucho con un personaje que podría requerir pasarse casi sonámbulo durante la mayoría de la cinta. Francamente no hay desperdicio en este elenco perfectamente elegido. Además del Tom Buchanan de Joel Edgerton, que deja todo en un climax que solo se centra en palabras, también tengo que hacer mención de Elizabeth Debicki, quien da vida a uno de mis personajes favoritos en la historia. Jordan Baker, la delgada y alta golfista, la cual queda intacta acá. Aunque, ver que algunos de sus puntos en la novela han desaparecido me molesta bastante, tampoco agregarían demasiado, pero aun así, viendo lo bien que lo hace Debicki, le guardo un poco de rencor al director y guionista por privarnos de ver más de ella.

A medida que vemos algunos de los pasajes más importantes en el trabajo de Fitzgerald textualmente, la cinta se cierra con las mismas palabras que concluyen el libro, y mientras Tobey Maguire repite esas ultimas frases, la película le da un verdadero broche de oro a un tercer acto perfecto. El tono de la historia toma una importante transición, de alegre y esperanzadora a trágica y reflexiva. Esos últimos minutos concluyen un resaltable trabajo tanto técnico como narrativo que inspira un silencio poderoso a medida que los últimos respiros de esta maravillosa historia quedan implantados en pantalla.

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