26 de febrero de 2013

CRITICA | DURO DE MATAR: UN BUEN DÍA PARA MORIR (2013)

Bruce Willis en A Good Day to Die Hard
No hay nadie que pueda negar el lugar que guarda “Duro de Matar” en los corazones de los fanáticos de la acción, y si bien la calidad de las secuelas no está a la altura del clásico de 1988, tampoco han desentonado en cuanto a la entrega de otra aventura de John McClane. “Un Buen Día para Morir” por otro lado, desafía esto, siendo una simple excusa para exprimir esta serie, y una vergüenza como película de acción.

Con una introducción que comienza por presentar una suerte de trama política en Rusia, que carece de interés alguno, la película se toma 5 minutos en encontrar una razón para que John McClane (Bruce Willis) salve a su hijo (Jai Courtney). Todo eso sería resaltable si John decidiera ir a Rusia porque se entera de esto de pura casualidad o por cualquier otro medio, pero no…

La primera vez que vemos a McClane, por ninguna razón aparente, otro policía le entrega un archivo y le explica que su hijo está en peligro. El archivo contiene el resultado de una investigación que él mismo le mando a hacer acerca de su hijo, ¿Por qué lo está buscando ahora? Quien sabe, quizá, como su hija está a salvo, siente la obligación de salvar a alguien… De cualquier manera, de la noche a la mañana, él llega a Moscú, sin recordar que es solo un policía de Nueva York y que no tiene mucha jurisdicción ahí, por decirlo de alguna forma. El hecho es que este no es el John McClane de siempre, éste bien podría formar parte de Los Vengadores, porque lo que sigue es tan atroz en tantos puntos que no solo insulta a esta franquicia, sino que falla completamente como otra corriente película de acción.

No es que “Duro de Matar 5” sea hueca, que también, es directamente vaga. No hay nada que salga de la boca de nadie que tenga valor, es más, todo es tan estúpido que las risas son inminentes entre el cambio que sufrió la actitud del protagonista y la constante exageración en cada escena de acción. En este último encuentro con el mítico protagonista, McClane ya no es carismático como un policía que se enfrenta a todo y está acostumbrado, todo es absolutamente irreal y no tiene sentido. Esto toca un punto donde Willis repite la misma frase sin contexto ni freno. En cada tiroteo, persecución o ataque, Willis grita “Estoy de vacaciones”, lo que no tiene ni gracia ni sentido, dado que está ahí para salvar a su hijo.

Topándonos con una extensa persecución de autos solo minutos después de que McClane llega a Moscú, seguida de otra escena aún más ridícula en la cima de un edificio, casi no hay fragmentos de un argumento o al menos de un motivo por el cual los villanos hacen lo que hacen en la primera hora. Lo gracioso es que dura 90 minutos. Es cierto, con 30 minutos menos que la “Duro de Matar” más corta, “A Good Day to Die Hard” no tiene tiempo para presentar un argumento decente, y ni siquiera tiene la decencia de intentarlo.

Como si no fuera suficiente para hacer el ridículo, “Duro de Matar” siempre se caracterizó por tener varios villanos memorables, y los que tenemos acá  (Sí, dura 90 minutos y tiene tiempo para darnos más de uno), son patéticos. Solo mencionando a uno, el cual fácilmente será el peor antagonista del año, basta. Entre decir sin sentidos como “Fallaste. Interesante decisión.” cuando uno de sus secuaces falla un disparo, o “Cuando digo que conduzcas me refiero a que vueles” a otro, da suficientes razones para que este personaje (Ni siquiera recuerdo su nombre) sea lo más ridículo de todo este asunto. Se pone a bailar frente a los dos protagonistas cuando podría matarlos, y por alguna razón, trae consigo una zanahoria para comer en medio de un ataque, por favor, es demasiada estupidez junta como para digerir.

La química entre Willis y Jai Courtney podría funcionar, pero el guion los traiciona constantemente, tanto a ellos como a sus personajes. Willis se burla de su hijo por ser un agente de la CIA, cuando él es solo un policía en Nueva York, y Courtney no deja de mencionar que su padre nunca le hizo caso o le prestó atención debido a su trabajo. Claro, McClane debe pedirle perdón por pasarse el tiempo salvando incontables vidas. Solo recientemente salvo la de su hermana, y en este momento, está salvando la tuya.

Alguien podría decirme que en una “Die Hard”, el guion es lo de menos, pero el caso es que para ser películas de acción siempre contaron con guiones más que satisfactorios, que mantenían el ritmo e interés en sus personajes a medida que las escenas de acción fluían. Acá no hay nada más que acción claramente creada por efectos visuales, que no solo sacan toda la gracia, sino que ponen en pantalla las acrobacias más imposibles y absurdas. Se ve que McClane se va volviendo más fuerte con los años, o que las explosiones y caídas duelen menos en Rusia, porque caer 20 pisos con un helicóptero disparándote desde atrás, debería dejar más que un par de moretones.

La dirección de John Moore se va por cualquier lado y muchas veces es casi inexistente entre tantas secuencias hechas por computadora. Especialmente en la persecución principal, la cámara apunta a los lugares erróneos y es fácil perderse entre la mala edición. Al mismo tiempo, solo algunas tomas se llevan las risas, como ver a un grupo de políticos caminar en slow motion porque, al parecer, asumo yo, se veía bien. Bueno, no es así.

Realmente podría pasarme horas descomponiendo esta película, pero no lo vale, y lo único que quiero hacer con esto, es olvidarlo, olvidar que la reputación de John McClane fue brutalmente manchada y que nunca volverá ser la misma. No hay nada que valga la pena, no solo por su mediocridad, sino porque ya lo hemos visto cien veces mejor en cualquiera de las entregas anteriores y cientos de películas del género. Lo único que se puede hacer con esto, es darle la espalada y negar su existencia.

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